Ascención nocturna a la Tour Eiffel

Si se puede, hay que hacerlo: subir a la torre de noche y de día. La noche que fuimos estaba nublado, lo había estado todo el día; dándole una sensación melancólica de falta de color a las vistas de la ciudad.

Por el clima uno supondría que no se vería nada, pero la niebla no era alta, ni densa, y de hecho, le daba un efecto atmosférico a la vista desde arriba. Ya en los primeros pisos se percibía, la neblina rodeaba los pilares de la torre hacíéndola disiparse en la nada. Desde abajo parecía seguir por encima de las nubes.

La ascención fué completamente en elevador; desde la base el segundo piso y luego del segundo hasta el último en otro ascensor. No es para nada vertiginoso: no hace ruidos curiosos, no tambalea, es un viaje tranquilo y suave. Se siente un poco en los oídos la subida.

Arriba la vista es como desde un avión (aunque mucho más amplia), las luces suben en degradé sobre las fachadas, las cuadras/manzanas parecen bancos de oscuridad rodeados. Se pueden ver los monumentos y sitios turísticos iluminados, el Arco del Triunfo, el Louvre, la catedral de Notre-Dame y demás. El alumbrado público se percibe como las luces de un arbolito de Navidad.

También noté algo interesante en la gente, en general, parecía extasiada; la mayoría sonreían, reían, subir les había dado felicidad, satisfacción.

La torre Eiffel tiene 324 metros de alto con la antena incluída, por el número no parece tanto, pero desde arriba se nota más. Aunque tampoco vibraba -quizá el viento no era suficiente- se sentía estable, en otras torres que visité es fácil sentir balanceo con el viento.

Luego el descenso, abajo me hubiese gustado otro chocolate con un crepe pero ya estaba todo cerrado.