Vuelo humano

En el último vuelo de Costa Rica versus Argentina conocí un flaco de mi edad que se ganaba la vida jugando póquer. Mientras hablábamos boludeces, surgió el tema del rafting y el canopy, él estaba convencido de que debí haberlo hecho (o en otra oportunidad hacerlo.) Le hice caso con el rafting hace dos semanas y hoy fui al canopy.

Como en muchas oportunidades lo comenté: sufro de vértigo o miedo a las alturas, y hasta en mi propio balcón lo percibo (un tercer piso.) El canopy o zip lining consiste en tirarse sostenido por un arnés y polea vía un cable entre dos puntos generalmente sobre la copa de los árboles y a una distancia de cien a mil metros.

Cuando conseguí reservar un lugar, me ofrecieron un combo que incluía otra actividad y salía un poquitin más, con eso la razón actividad/guita aumentaba y finalmente no pude decir que no. El asunto implicaba el «Cable Sensacional» o «Superman», nombres cursi si los hay. En el afán de sacarle jugo a unos dólares terminé con algo que no había pedido.

Y aunque en algún momento del setup sentía los niveles de temor fuera del rango operacional standard, es algo inolvidable y me vuelve a encantar mientras lo revivo en la memoria. ¡Y qué lindo debe ser volar!

En números se explica como un descenso acelerado por la gravedad, inclinado hacia el piso, de cabeza, vía un cable de 1300 metros, a una velocidad que según los guías va de 60 a 90 kmh por 45 a 60 s. El balanceo inicial boca abajo a cuatro pisos fue el punto más vertiginoso, más por ser en la ladera de una montaña. El consejo para las generaciones futuras es llevar anteojos, para no lloriquear por la fricción con el aire, los motoqueros sabrán a que me refiero.

El canopy clásico es adictivo, por suerte es un circuito de varios tramos, para quedarse lleno de emoción. Made in France.