Puerto Viejo

Simple, es lo más rápido que se me ocurre. Este lugar es una especie de hoyo negro para mis compatriotas, hay muchos atrapados en la belleza escénica y tranquilidad máxima. Demasiada playa para tan pocos habitantes da ese resultado. Es así, aparte de argentinos, reconocí suizos, españoles, italianos felizmente varados formando una comunidad robinsoniana. Muchos más somos turistas que invadimos para disfutar el agua, arena y arrecifes.

Me daba la impresión de que a veces se cansaban de fingir: al estar en el Caribe, con el mismo clima y gente, es comprensible llegar a creer que Puerto Viejo es una localidad jamaiquina. Poner banderas, música, hojas de maría y toda la temática parecía complicarles la vida, porque estando ahí son ticos y esa vida tiene también costumbres más o menos arraigadas.

Un día implica levantarte, comprar fruta para desayunar, agarrar la bici e irte a la playa. Hay playas para surf, kayak, snorkel, buceo y para tomar sol o hacer esculturas de arena adornadas con coral. Bañarse en el mar o en algun río selvático, almorzar aprovechando las habilidades de los chef exiliados. En el supermercado la mitad de las góndolas se dedican a condimentos (de todo).

La noche solo existe para las dos cuadras del centro, a la que llegan locales y turistas tratando de completar el día normal de unas vacaciones de fiesta entre mosquitos. Algunos mercaderes nocturnos ambulantes realizan intentos fallidos para aumentar la cotización del faso.

Al tercer día pretendí escapar y conocer otra playa, pero un viejo y conocido piquete impidió a la masa turista y regional entrar o salir. Fuí a mirar la protesta sin mi cámara y por eso no parecía un periodista improvisado como el resto. Volví a la playa que más me gustaba.