Cable car

Viajar en el cable car -colgado de la baranda- es una de esas cosas que la gente pregunta si hiciste en San Francisco (*). Para mí, verlo desde la calle alcanzaba, inclusive la parte al final del recorrido en la que giran el tranvía. Pero bueno, justo estaba el "tranvía" ahí y decidí subirme...

El primer extra es que al viajar unas cuadras aparece de la nada un tipo alteradísimo, violentamente desesperado por cobrarte el ticket, el ticket de ida vale cinco dólares. El segundo extra es escuchar los alaridos histéricos de algunas turistas tratando de justificar esos cinco dólares de recién.

Otros extras posibles pueden ser el ligero viento en la cara y ver el vagón gambetear el tránsito. O escuchar la campana de cerca, o sentir que los asientos son los mismos que en los vagones viejos del Subte A.

Se apagan las luces y terminás en un lugar bastante lejos, al cual caminando hubiera costado llegar, dándole sentido práctico al viaje. El taxi de vuelta salió diez dólares.

Si usted es un ignorante como yo: le explico que la gracia del cable car es que no tiene motor, se mueve y frena a partir de agarrarse y soltarse del cable que está en la calle, igualmente, yo no presté atención al mecanismo (ver para creer). Al principio pensé que eran simples tranvías, y como hay tranvías en San Francisco uno puede llegar a confundirse, pensando que son una versión más vieja.

(*) junto con: comiste pizza en New York?, fuiste a un coffe shop en Amsterdam?, pediste un milkshake en Mels? y toda esa clase de preguntas.

Back in the Bay

Me encuentro alojado en un apartamento ubicado en una especie de calle bronxiana de San Francisco. La última vez que anduve por estos lugares fue hace cuatro años, cambió bastante. Volé por donde siempre y lo ví a Danny Glover en primera clase: no le pedí autógrafo, ni le saqué foto.

El perfume de Navidad en Buenos Aires

Y aunque algunas veces al mirar ese traje abrigado de Papá Noel (diseñado para transpirar al sol radiante entre la nieve falsa y los pinos de plástico) es tan evidente que está todo al revés: me doy cuenta, después de más de treina años reflexionando, que la Navidad Subtropical en la Ciudad tiene un encanto especial.

No por ser una época de festejos, encuentros, las próximas vacaciones y particularmente los regalos.

No por eso, sino por el perfume que se siente.

El efecto del vínculo y la sensación venía tan grabado que no lo había percibido antes o era que lo asociaba al recuerdo feliz e innato de las vísperas. Siempre fué alegría instantánea para mí.

La envidia del otro hemisferio. Es difícil imaginarse un momento en el cual tantos eventos prósperos estén alineados.

Este año no decoro las páginas pero les vuelvo a desear unas Felices Fiestas.

La Garganta del Diablo

De noche, como un transeúnte más de las tinieblas, el destino no puede tener un nombre más apropiado. Mientras la selva crepuscular no parece adormecer, la Luna llena permite crear la escena perfecta de un sueño, irreal y majestuosa. La escaza luz realza los detalles más brillantes y delicados de la textura del agua corriendo caprichosamente, volviéndose un azul profundo antes de caer al vacío blanco.

Garganta del Diablo de noche, Cataratas del Iguazú

De día, en el mirador de la garganta se puede sentir el agua salpicando y la emoción casi como teniendo alas (el vencejo de cascada sobrevolando, mojándose y posándose en la roca húmeda casi detrás de los saltos.) El paisaje entero se transforma a cada instante, dando la impresión de que la tierra se traga el río de una vez.

Garganta del Diablo de día, Cataratas del Iguazú

Cataratas del Iguazú: y otro clásico que no conocía, digno componente de las siete maravillas argentinas o del mundo, si es que alguien recopila esa lista.

Una intriga pendiente que surgió fue de la historia del nombre. Está la leyenda, pero para mí no deja claro el origen:
Boi -una serpiente habitante del río Iguazú- requería una bella joven Guaraní. Naipí sería sacrificada, al conocerla, el cacique Tarobá intenta evitarlo. La noche anterior se escapa con ella en canoa. Enfurecida Boi quebró el cauce para atraparlos, convirtiendo la cabellera de Naipí en los saltos y en los árboles arriba a Tarobá. Boi vigila sumergida en la garganta que no vuelvan a unirse pero en los días de sol el arcoiris los vuelve a conectar a pesar de eso
Si esta es la leyenda que le da el nombre, me falta esa parte.

Burrito y compañía

Desde el martes sé que puedo conseguir burritos en Buenos Aires. Aunque le termine haciendo "propaganda" gratuita a la California Burrito Co., debo decir que son muy buenos. Se pierden treinta mangos de una, pero el sabor viene incluido.

Y de ahí empezó la nostalgia de los tiempos en California y de los burritos para llevar a la cena. "¿Le agregamos picor?", enunciaba en la ejecución de los movimientos finales de la preparación antes de cerrar el paquete.

Cuando el burrito era demasiado -y casi siempre adjunta un carácter fatal- estaba la quesadilla, como una versión amistosa y fácil, sin salir del estilo culinario. Es la próxima.