Cable car

Viajar en el cable car -colgado de la baranda- es una de esas cosas que la gente pregunta si hiciste en San Francisco (*). Para mí, verlo desde la calle alcanzaba, inclusive la parte al final del recorrido en la que giran el tranvía. Pero bueno, justo estaba el "tranvía" ahí y decidí subirme...

El primer extra es que al viajar unas cuadras aparece de la nada un tipo alteradísimo, violentamente desesperado por cobrarte el ticket, el ticket de ida vale cinco dólares. El segundo extra es escuchar los alaridos histéricos de algunas turistas tratando de justificar esos cinco dólares de recién.

Otros extras posibles pueden ser el ligero viento en la cara y ver el vagón gambetear el tránsito. O escuchar la campana de cerca, o sentir que los asientos son los mismos que en los vagones viejos del Subte A.

Se apagan las luces y terminás en un lugar bastante lejos, al cual caminando hubiera costado llegar, dándole sentido práctico al viaje. El taxi de vuelta salió diez dólares.

Si usted es un ignorante como yo: le explico que la gracia del cable car es que no tiene motor, se mueve y frena a partir de agarrarse y soltarse del cable que está en la calle, igualmente, yo no presté atención al mecanismo (ver para creer). Al principio pensé que eran simples tranvías, y como hay tranvías en San Francisco uno puede llegar a confundirse, pensando que son una versión más vieja.

(*) junto con: comiste pizza en New York?, fuiste a un coffe shop en Amsterdam?, pediste un milkshake en Mels? y toda esa clase de preguntas.